Estoy acostumbrado a las malas
noticias. Boston y la retronostalgia.
En 1976 mis padres nos compraron nuestro
primer disco sencillo para ponerlo en el tornamesa Panasonic que estaba en casa
desde hacía un par o terna de años. Se trató de “More than a feeling” de la
banda estadounidense Boston, sugerida -o más bien instigada- por un tío
entonces adolescente. No recuerdo cuántas veces lo escuchamos mi hermano y yo
mientras usábamos un par de raquetas viejas (y dobladas por la humedad) como si
fuesen guitarras y coreábamos: “I see my Marianne walking away” para luego turnarnos
el protagonismo en el solo.
Más adelante conseguimos el LP que
contenía esa canción (y la de “Smoking” en el lado B). Fue, si no el primero,
uno de los primeros que tuvimos y lo recuerdo bien porque su portada me hacía viajar muy denso. Se trataba
de una pintura de esas tipo laqueado muy comunes en los 70’s que, a modo de
claroscuro, representaba el fin del mundo como una gran explosión
planetaria cuyos efectos lucían en el punto de fuga del que se alejaba un
enjambre de naves nodrizas con forma de guitarras internándose en la oscuridad.
La formación era encabezada por una que traía como logo (o inmenso
identificador comercial) la palabra “BOSTON” y sintetizaba tanto el nombre de
la banda como el título del álbum.
Hoy estuve escuchando esa joya y,
de nueva cuenta, me perdí en la portada pero ahora con una nueva plataforma de experiencias para enfrentarla. Ya no era el sueño (o pesadilla) cósmica de un niño en los 70’s
sino una perfecta alusión a la condición que enfrenta el rock clásico en una
era de sucesiones efímeras; “retronostalgia” pura que desplaza el colapso del
pasado al futuro y deja a la civilización flotando en un gerundio permanente
pero sin etiquetas, logos o identificadores.
Me parecía que ahora estábamos como esas naves, huyendo del cataclismo pero no hacia adelante, hacia lo indefinido,
hacia la promesa de algo sino -por lo menos yo- regresando hacia el
pasado, hacia la tierra antes de la catástrofe, hacia ese sonido insuperable que,
si bien salía por vía digital de mis audífonos, no cesaba de activarme la
imagen del viejo Panasonic con su adaptador para discos de 45 rpm.
Decía Mark Fisher, el teórico aceleracionista británico, que la nostalgia por el pasado es una especie de síntoma que se presenta ante la clausura del futuro. Pues bien, eso es exactamente lo que me pasaba pues de pronto no era solo la música sino el contexto como todo el que, a modo de la explosión en la portada del álbum, expandía su horizonte devastado a la ropa, a los juegos, al deporte, a las responsabilidades, a los escapes, a mí mismo y al propio proceso creativo…
¿Se trataba solo de una
consecuencia del envejecimiento?... Si así se considera, entonces todo está
envejeciendo prematuramente o mejor dicho: El horizonte se cierra como si las
naves que huían de la explosión planetaria se toparan con la certeza de que más
allá del recuadro de la portada del álbum no haya nada, que solo queda volver,
quedarse varados y otear permanentemente hacia atrás.
Curiosamente -y como si se
tratara de una suerte de feed back positivo- Boston sacaría dos años más adelante
otro LP titulado “Don´t look back”, que hoy entiendo como si hubiese querido
impulsar a los últimos reductos de la generación Boomer a afianzarse en un bastión
de esperanza por el futuro que ellos mismos destruían. La portada vuelve a poner como protagonista a la
nave nodriza bostoniana pero ahora descendiendo sobre un hipotético mundo de
páramos verdes flanqueado por estalagmitas de cristal mientras sus potentes luminarias
delimitan el punto de contacto. Nos “negamos a permanecer en el limbo de
sentido que representa el viaje, el gerundo permanente” parece ser el
manifiesto.
En este álbum la “retronostalgia”
cede paso a la “hiperstición” como consigna; es decir a la imaginación de un
futuro posible que -fuera de nuestras zonas de confort o seguridad- permita
imaginar un mañana distinto al que las condiciones presentes puedan darnos.
“I’m much too strong not to compromise.
Now I see what is holding me down
I’ll turn it around… Oh yes I will
I finally see the dawn arriving…”
Pero el amanecer mencionado ¿es luminoso?
¿Es verde y pacífico como lo enuncian tanto la canción citada como el arte del álbum?
¿Puede soportar a la civilización bajo el principio de una etiqueta?... No necesariamente,
pues aún se mueve por esa misma inercia que -quizá- causó el cataclismo inicial
que es representado en el primer álbum.
La tierra no soportó el avance
que las naves nodrizas suponían y terminó agotándose. ¿Será la suerte que corra
el nuevo mundo en el que Boston se ha acentado?
La hiperstición como una ficción
que se autorrealiza se presenta aquí cargada de inercias capitalistas y de
vicios que -otrora- llevaron al mundo al colapso. Pero ¿qué otra salida hay?...
Quizá el futuro solo pueda garantizarse teniendo en claro que el género humano
está de más, que la civilización y todos los sentidos que supone no son formas
sostenidas en la devastación y que la única forma de prevalecer es moviendo a
la raza humana como lo hace una plaga de langostas que se mueve de parcela en
parcela hasta que no hay más que colonizar o los obstáculos para hacerlo son en
verdad insuperables.
“I’m confused
But I’m doin’ the best I can
I’ve been tossed around plenty before
I’ve had this heart of mine broken and more
I can’t find a reason for sure
But I’ve gotten used to bad news…”


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