sábado, 20 de junio de 2026

Estoy acostumbrado a las malas noticias. Boston y la retronostalgia.

 

En 1976 mis padres nos compraron nuestro primer disco sencillo para ponerlo en el tornamesa Panasonic que estaba en casa desde hacía un par o terna de años. Se trató de “More than a feeling” de la banda estadounidense Boston, sugerida -o más bien instigada- por un tío entonces adolescente. No recuerdo cuántas veces lo escuchamos mi hermano y yo mientras usábamos un par de raquetas viejas (y dobladas por la humedad) como si fuesen guitarras y coreábamos: “I see my Marianne walking away” para luego turnarnos el protagonismo en el solo.

Más adelante conseguimos el LP que contenía esa canción (y la de “Smoking” en el lado B). Fue, si no el primero, uno de los primeros que tuvimos y lo recuerdo bien porque su  portada me hacía viajar muy denso. Se trataba de una pintura de esas tipo laqueado muy comunes en los 70’s que, a modo de claroscuro, representaba el fin del mundo como una gran explosión planetaria cuyos efectos lucían en el punto de fuga del que se alejaba un enjambre de naves nodrizas con forma de guitarras internándose en la oscuridad. La formación era encabezada por una que traía como logo (o inmenso identificador comercial) la palabra “BOSTON” y sintetizaba tanto el nombre de la banda como el título del álbum.

Hoy estuve escuchando esa joya y, de nueva cuenta, me perdí en la portada pero ahora con una nueva plataforma de experiencias para enfrentarla. Ya no era el sueño (o pesadilla) cósmica de un niño en los 70’s sino una perfecta alusión a la condición que enfrenta el rock clásico en una era de sucesiones efímeras; “retronostalgia” pura que desplaza el colapso del pasado al futuro y deja a la civilización flotando en un gerundio permanente pero sin etiquetas, logos o identificadores.

Me parecía que ahora estábamos como esas naves, huyendo del cataclismo pero no hacia adelante, hacia lo indefinido, hacia la promesa de algo sino -por lo menos yo- regresando hacia el pasado, hacia la tierra antes de la catástrofe, hacia ese sonido insuperable que, si bien salía por vía digital de mis audífonos, no cesaba de activarme la imagen del viejo Panasonic con su adaptador para discos de 45 rpm.

Decía Mark Fisher, el teórico aceleracionista británico, que la nostalgia por el pasado es una especie de síntoma que se presenta ante la clausura del futuro. Pues bien, eso es exactamente lo que me pasaba pues de pronto no era solo la música sino el contexto como todo el que, a modo de la explosión en la portada del álbum, expandía su horizonte devastado a la ropa, a los juegos, al deporte, a las responsabilidades, a los escapes, a mí mismo y al propio proceso creativo… 

¿Se trataba solo de una consecuencia del envejecimiento?... Si así se considera, entonces todo está envejeciendo prematuramente o mejor dicho: El horizonte se cierra como si las naves que huían de la explosión planetaria se toparan con la certeza de que más allá del recuadro de la portada del álbum no haya nada, que solo queda volver, quedarse varados y otear permanentemente hacia atrás.

Curiosamente -y como si se tratara de una suerte de feed back positivo- Boston sacaría dos años más adelante otro LP titulado “Don´t look back”, que hoy entiendo como si hubiese querido impulsar a los últimos reductos de la  generación Boomer a afianzarse en un bastión de esperanza por el futuro que ellos mismos destruían. La portada vuelve a poner como protagonista a la nave nodriza bostoniana pero ahora descendiendo sobre un hipotético mundo de páramos verdes flanqueado por estalagmitas de cristal mientras sus potentes luminarias delimitan el punto de contacto. Nos “negamos a permanecer en el limbo de sentido que representa el viaje, el gerundo permanente” parece ser el manifiesto.

En este álbum la “retronostalgia” cede paso a la “hiperstición” como consigna; es decir a la imaginación de un futuro posible que -fuera de nuestras zonas de confort o seguridad- permita imaginar un mañana distinto al que las condiciones presentes puedan darnos.

“I’m much too strong not to compromise.

Now I see what is holding me down

I’ll turn it around… Oh yes I will

I finally see the dawn arriving…”

Pero el amanecer mencionado ¿es luminoso? ¿Es verde y pacífico como lo enuncian tanto la canción citada como el arte del álbum? ¿Puede soportar a la civilización bajo el principio de una etiqueta?... No necesariamente, pues aún se mueve por esa misma inercia que -quizá- causó el cataclismo inicial que es representado en el primer álbum.

La tierra no soportó el avance que las naves nodrizas suponían y terminó agotándose. ¿Será la suerte que corra el nuevo mundo en el que Boston se ha acentado?

La hiperstición como una ficción que se autorrealiza se presenta aquí cargada de inercias capitalistas y de vicios que -otrora- llevaron al mundo al colapso. Pero ¿qué otra salida hay?... Quizá el futuro solo pueda garantizarse teniendo en claro que el género humano está de más, que la civilización y todos los sentidos que supone no son formas sostenidas en la devastación y que la única forma de prevalecer es moviendo a la raza humana como lo hace una plaga de langostas que se mueve de parcela en parcela hasta que no hay más que colonizar o los obstáculos para hacerlo son en verdad insuperables.

“I’m confused

But I’m doin’ the best I can

I’ve been tossed around plenty before

I’ve had this heart of mine broken and more

I can’t find a reason for sure

But I’ve gotten used to bad news…”






viernes, 12 de junio de 2026

Cinco tesis iniciales sobre lenguaje y aceleración.

(Una lectura superficial de Nick Land)


1. El lenguaje es el poder mediante el cual el sistema social instituye reduciendo la contingencia a posibilidad. 


2. Acelerar es llevar el lenguaje a sus últimas consecuencias. 


3. Si su finalidad es dar sentido a lo que resulta incomunicable, su punto extremo sería anular todo dejo de  ambigüedad. 


4. Tal meta solo puede ser pensada en el valor absoluto del número; más en concreto, en el número binario.


5. Un sociabilidad numérica es pensable solo como una sociedad de dispositivos para la que la cultura resultase ambigüa, la interpretación innecesaria y la traducción una suerte de espectronostalgia por un mundo otrora fragmentado.